LA CALLADA COMPAÑÍA

Nadie lo había invitado. Yo, desde luego, nunca quise mantener con él esa estrecha relación que ahora me impone.

Es cierto que, en ocasiones, lo busqué. Incluso, a veces, alargué voluntariamente su estancia conmigo.

Pero uno también debe entender cuando resulta tedioso y debe irse. Por eso, su actitud actual me parece excesiva.

Ha decidido quedarse, se ha hecho dueño del sofá y ya parece que hasta participa del pago del alquiler. 

Insisto en que al principio fue agradable: nada de ruido, nada de interrupciones… hasta que empezó a opinar.

Primero crujió la madera. Luego la nevera suspiró como si supiera algo. Después, un leve “tic” que no venía de ningún reloj.

—Bueno —dije en voz alta—, si vas a decir algo, dilo ya.

Pero el silencio no respondió. Es lo que tiene el silencio. Que no te habla, que todo lo invade y que permite que aprecies la multitud de sonidos huecos y sin sentido que se suceden por doquier... 

Es lo peor de este compañero que ya no se va de mi lado... que siempre tiene la última palabra.


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