JUEGOS DE NIÑO
El niño siempre hace lo mismo en el jardín. Al principio me hizo gracia, esa insistencia torpe, casi alegre, como si estuviera afanado en descubrir un tesoro imposible. Pero ahora el hoyo ya no es un juego. Es profundo. Demasiado. Y las lluvias de los últimos días han ablandado mucho el terreno.
Su madre me sigue hablando, sonriendo, sin notar nada. O eso finge. Yo asiento cuando corresponde, incluso me río, pero no puedo apartar los ojos de la tierra que se acumula junto a mis zapatos. Cada palada del niño descubre un poco más, y con cada poco más, siento que algo dentro de mí se tensa.
—Siempre hace esto —dice ella, despreocupada.- Dice que quiere ser arqueólogo
Claro. Siempre hay un motivo para la estupidez.
El niño se detiene un segundo, ahora mete la mano con más fuerza, nota algo duro y llama a sus otros amigos que juegan al balón al lado del roble.
Ya no es juego. Han encontrado algo.
Trago saliva. Si siguen, si apartan un poco más de tierra, ya no habrá forma de explicarlo.
Ni de sonreír. Ni de seguir fingiendo que todo está bien.
La mujer me mira ahora de forma curiosa y sonriente, casi avergonzada.
Y yo entiendo, demasiado tarde, que no es lo que más me preocupa lo que el niño encuentre.
Sobre todo, lo que más me preocupa es lo que tendré que hacer después.
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