UN SALVADOR INFIERNO
Dormía siempre con la puerta entreabierta, como si necesitara vigilar incluso en sueños. La casa entera parecía respirar a su ritmo, incluso la vida semejaba escrita según su dictado: lenta, contenida, obediente, sumisa. Mi madre dejó de poner aquella música que tanto le gustaba, mis hermanos aprendieron a caminar sin rozar el suelo, y yo me acostumbré a contar los segundos entre cada crujido de madera para anticipar si iba a despertarse.
No había normas escritas, pero todos teníamos muy claro cuáles eran. Las cucharas no podían chocar, las sillas no debían arrastrarse, las palabras no tenían que elevarse. Cuando algo escapaba a ese orden, al correcto cometido, su voz gruesa y su enfado violento aparecía desde el pasillo, áspero y brutal, recordándonos que todo lo que teníamos era gracias a su sacrificio. Después venía el silencio otra vez... mucho más pesado que antes.
Con el tiempo, la casa dejó de ser un lugar para vivir para mudar en un espacio donde sobrevivir al infierno.
Pero aquella noche, sin embargo, el infierno vino a salvarnos. Primero fue el olor que llegó antes que el miedo. Un hilo de humo comenzó a invadir la cocina, y después unas llamas abrasadoras que corrían por el pasillo.
Nadie dijo nada. Todos miramos, como si hablar fuera peor que arder.
Uno a uno, salimos al rellano, bajamos las escaleras y cruzamos la calle. Nadie gritó. Nadie corrió.
Las llamas crecieron dentro, iluminando las ventanas como si el infierno nos hablase de redención.
Nos quedamos allí, quietos, observando cómo todo se consumía sin un solo sonido de nuestra parte... con el silencio que él nos había enseñado como norma. Un silencio que solo se rompió con la sirenas de los bomberos y la policía y la extraña sonrisa que tenía mamá cuando le preguntaron si había quedado alguien en el interior de la casa.
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