SINRAZÓN

Sostiene la jeringa de heparina con manos firmes, seguro, incluso también acompañado de cierta delicadeza,  aunque por dentro todo le parezca absurdo y sin sentido. La aguja entra con precisión en la piel frágil del anciano,  quien apenas se queja. Un gesto mecánico, casi rutinario.

Mientras presiona el émbolo, piensa en lo extraño que es todo: cuidar de alguien con quien apenas compartió palabras durante años, entregar afecto ante tantos y tamaños desencuentros con una difusa relación, prolongar una vida que a veces parece más costumbre que deseo. ¿Qué sentido tiene este pequeño acto repetido cada día? ¿Es amor, deber, o simplemente inercia?

Retira la aguja. 

El anciano le da las gracias con un hilo de voz.

Y él, sin saber por qué, siente que en ese instante mínimo, la sinrazón de la vida, de los actos y de los lamentos pesa un poco menos... casi se desvanece.

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