TERAPIA DE CHOQUE

Héctor llevaba veinte años mediando entre parejas que se amaban o se odiaban a gritos. Sabía detectar el tono exacto en que el “no me escuchas” se convertía en “te odio”, y podía anticipar una lágrima con la misma precisión que un meteorólogo una tormenta.

Aquella tarde, sin embargo, algo en él se quebró.
Marina y Lucía llevaban tres sesiones discutiendo por el mismo motivo: la sensación de no ser el uno lo que el otro esperaba encontrar. El diálogo había girado tantas veces que Héctor sintió que el aire en el consultorio se espesaba.

Las voces crecían. No era capaz de poner sosiego ni clama en aquella pareja que parecía estar combatiendo la batalla de sus vidas.

El terapeuta cerró los ojos. Inspiró. Contó hasta diez. Recordó los seminarios sobre empatía, las técnicas de desescalada, las cuotas de la hipoteca, el aumento del alquiler, el mail sin contestar de su cuñado invitándole a un encuentro familiar que odiaba. Contó otra vez hasta diez. Se levantó de su mesa, sin pensar, tomó el pisapapeles de vidrio del escritorio y golpeó de forma continuada las cráneos frágiles de sus pacientes.

Silencio.
Por primera vez en semanas, silencio.

Héctor se quedó de pie, mirando el desastre. Respiró hondo, con una serenidad nueva, casi profesional.
Anotó algo en su cuaderno:

“Sesión finalizada con éxito. Soberbio empleo de la terapia de choque.”

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