LA ESPERARÉ

 La esperaré. Seré paciente. Ahora lo que nos sobra es tiempo.

El cielo parece una herida abierta. El sol ya no calienta; solo quema despacio lo que queda en pie. Las calles son esqueletos de asfalto; los restos de los pocos edificios que se mantienen en pie, tumbas mudas de cemento e hierro. A veces el viento trae un eco lejano, como si el mundo aún recordara cómo gritar.

Ella se fue cuando empezaron las sirenas. Cuando el desastre se hizo realidad. 

No miró atrás. Ni una palabra, ni una lágrima. Solo aquel gesto suyo, seco, definitivo, como si me borrara de su historia antes de que la vida se acabara.

Dicen que nadie sobrevivió más allá del cinturón de fuego del desastre nuclear salvo los pocos que ahora formamos una pequeña tribu de figuras deformes.  

Pero yo sé que ella permanece. Ella siempre encuentra la manera. La he visto resistir todo, menos el amor que yo le ofrecí.

Ahora camino entre ruinas buscando señales: una bufanda enganchada en una verja, una pisada sobre el polvo. A veces las invento, lo sé. Pero necesito creer que sigue viva, aunque solo sea para justificar este cuerpo que aún respira.

El refugio está preparado: dos camas, agua racionada, un espejo roto que refleja medio rostro y medio fantasma. He escrito su nombre en la pared, una y otra vez, hasta que la pintura se volvió carne.

Ella no me quiere. Nunca me quiso. Pero en este mundo que se deshace, eso es lo que menos importa. El amor no necesita ser correspondido cuando todo, absolutamente todo, ha desaparecido.

La esperaré.
Aunque no vuelva.
Aunque, si vuelve, siga huyendo de mí.
La esperaré, porque en el fin del mundo no hay redención… solo la esperanza terca de un hombre que se niega a quedarse solo entre las ruinas.

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