BELLEZA

Aquella tenía que ser una tarde tranquila. Sólo le habían trasladado en toda la mañana el cadáver de un hombre pálido, enjuto y de rostro seco. Todo parecía indicar que la muerte era por causa natural. 

Abrió la cámara frigorífica y extrajo la camilla. Colgada de la baranda de protección  se sujetaba la ficha que indicaba la hora de traslado por parte del Samur y el lugar donde falleció: sábado 12 de enero, 11:22 a.m., Salón de Conferencias del Centro Recreativo El Pinar, Carabanchel Alto.

Destapó la sábana que cubría el cadáver. Observó la piel con detenimiento, abrió los párpados, examinó sus uñas y manos, giró el cuerpo.... nada apreciable ni llamativo que indicase otra cosa distinta a una muerte natural.

Sólo le quedaba por confirmar como estaban los órganos interiores. Tras anotar la primera exploración en su libreta de registro, se enfundó unos nuevos guantes de látex y cogió el bisturí. Todo indicaba que sería un mero trámite. Una leve incisión precisa, la confirmación del corazón dañado y la firma del informe final. Una tarde tranquila. 

Pero en el mismo momento en que el escalpelo permitió acercarse al interior de aquel cuerpo yacente, cientos de versos sueltos se deslizaron por la mesa. Versos plenos, sonoros, luminosos; versos con aroma a jazmín y despedida, versos del color infinito de los atardeceres, versos vivos y heridos... 

Pero la sorpresa aumentó al comprobar que en el tórax, donde deberían estar los pulmones, aparecían -difusas- unas nubes diminutas preñadas de metáforas y alegorías, y a su lado, un delicado nido donde dormían tres mariposas doradas que jugaban a crear antítesis y anáforas. Y en las venas, arrastrados en un cauce sanguíneo aun pleno, surcaban el rojo océano diminutos barquitos de papel llenos de tinta azul donde se podían adivinar hipérboles infinitas y antítesis bellísimas. Cada órgano de aquel cuerpo parecía escrito con una extraña caligrafía... la caligrafía creada por la locura de la belleza y el pleno deseo.

El forense, incrédulo, anotó en su libreta:  

 Causa de la muerte: pasión por la belleza.

 Observaciones: Sublime el cuerpo estaba. Anómalo contenido.

Y por primera vez aquel facultativo fue capaz de escribir un hermoso hipérbatón en su informe pericial al tiempo que sentía que su bata blanca se manchaba de asombro y de creatividad.

Y cuando se retiró, juraría que escuchó al cadáver murmurar, solemne, un último verso:
“Morir de pasión por la belleza… es simplemente otra forma de vivir eternamente"

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