UN HOMBRE SERVICIAL

Como todos los días, pasear por el barrio me ofrece un placer inmenso. 

Saludo a los vecino; veo a María, la pescadera, siempre tan sonriente y tan hermosa; ayudo a la señora Josefa con las bolsas; sonrío mientras los niños juegan. Todos confían en mí, todos me quieren y me aprecian... y yo no cambiaría este lugar por ningún otro. 

Naturalmente cuando alguien me pide un favor no dudo en prestar mi ayuda. En ocasiones los acompaño hasta el sótano donde suelo guardar todos mis tesoros. La puerta se cierra tras ellos con un clic inapreciable. El silencio es absoluto... luego siempre regreso sólo, a la misma calle, con los mismos saludos y sonrisas.

Y nadie sospecha que bajo sus pies se esconde un secreto que nunca verá la luz.

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