AMOR ETERNO
Cuando el barco se hundió, solo pudimos salvarnos nosotros dos.
Y al llegar a la isla—hambrientos, magullados, temblando de frío—juramos que nuestro amor sería eterno, pasara lo que pasara.
Lo repetíamos cada noche, abrazados, mientras el horizonte se apagaba al tiempo que nuestra esperanza, incapaz de otear en el horizonte un barco que nos rescatase.
La isla era terca y estéril: pocos peces, apenas frutos, ni raíces. Solo viento y piedras secas. Al tercer día, nuestras voces ya eran susurros; al quinto, yo apenas podía mantenerme en pie. Tú llorabas, yo temblaba, pero ambos seguíamos prometiéndonos permanecer juntos “hasta el final”.
Los días han pasado y la isla siguió igual de rácana, cicatera y miserable,
Has dejado de buscar las escasas frutas, dejaste de explorar la costa… y has empezado a observarme a mí.
No como quien mira a su pareja, sino como quien calcula raciones.
Anoche me dijiste, muy dulcemente, que me quedara a tu lado, que no me alejara. Pero no me sonó romántico. Tenías los labios resecos y los lamías como si ya saborearas algo mejor. No dormí en toda la noche: podía sentir cómo me vigilaban tus ojos brillantes, fijos en mí, incluso en la oscuridad.
Hoy te he visto afilar una piedra sobre otra.
“Por si acaso”, dijiste, con esa sonrisa lenta. Y ahora estás ahí, sentada y mirándome, sin parpadear.
Esperando.
Esperando por mi... a que deje de resistirme.
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