CORAZÓN A TIEMPO
Amanecía. Era mi rutina diaria. Buscaba algo en la orilla. Fue entonces cuando la encontré. Varada en la orilla, justo donde rompen las mareas vivas.
Era una caja metálica, sellada con precinto oficial.
Leí la etiqueta plastificada: “Corazón Donante Joven. Destino: Minneapolis”.
Me quedé mirándola largo rato, mientras a mi alrededor iban llegando fragmentos del fuselaje, un asiento destrozado, una maleta abierta y una bufanda infantil enredada entre algas.
Me imaginé el caos en tierra firme: la familia del piloto esperando noticias, los médicos calculando la cuenta atrás del receptor, la angustia de quienes habían donado aquel corazón con la esperanza de que, al menos, algo de su ser querido siguiera latiendo en otro cuerpo.
Y todo... absolutamente todo arruinado por una tormenta inesperada.
Sentí una profunda pena... pero también una extraña alegría.
Especialmente porque hacía tres días que no comía nada, y el corazón -aislado en la caja térmica de frío- tenía una pinta excelente.
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