APAGAR LA LUZ

Sé que no debo apagar la luz.
Lo aprendí la primera noche, cuando el silencio empezó a respirar.

 La bombilla habitualmente parpadea, cansada, pero no me atrevo a cambiarla. 

No debo apagar la luz. 

En la oscuridad, ella siempre encuentra el camino hasta mi cama.

Anoche lo olvidé. El cansancio. El duro cansancio de pasar las noches en velas.  Solo fue  un segundo. 

O al menos eso me pareció a mi.

Pero he vuelto a encenderla. Esa luz constante. Y he mirado. Confiando en que no esté.
Pero ahora hay huellas en el suelo… y sé que no son mías.

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