EL DESTINO
Lo sospechaba desde hacía semanas: su marido llegaba tarde, olía a perfume desconocido y sonreía con una extraña complicidad cada vez que recibía mensajes en el teléfono. Al principio prefirió ignorarlo, negar la evidencia, justificarse con mil disculpas. Pero estaba claro que no era una simple aventura. Cada nueva jornada había un nuevo motivo que le llevaba a confirmar una realidad evidente. Pasó entonces a enfurecerse y finalmente, harta ya incluso de la desidia íntima que su marido le mostraba en el lecho conyugal, decidió tomar represalias.
Ella también tendría a alguien. ¡Qué para algo estaba de muy buen ver! Y todas sabemos que hacer en estos casos.
Así su mirada se posó en el compañero nuevo del trabajo: joven, encantador y soltero. Hablador, extrovertido, elegante, atlético... un verdadero bombón y que además no le hacía ningún asco a todos los guiños de complicidad que ella le mostraba.
Durante días planeó cada detalle: la invitación a a cenar, las risas compartidas, la manera de tocar su brazo y hacer que la tensión se volviera irresistible. Todo tendría que ser especial. Escogió el perfume, pidió cita en la peluquería, incluso se jactó de gastarse un buen dinero de la tarjeta del marido en un extraordinario y carísimo conjunto de ropa interior de encaje.
Mañana sería el día. Mañana se lo propondría. ¡Qué día... y qué noche! Estaba ansiosa por la situación. Hasta casi agradecida a su marido... hacía muchos años que debería haber tenido una cita.
Bajó al garaje, con la cabeza llena de planes y la adrenalina a punto de estallar. Se sentó al volante, revisó el bolso por última vez: el perfume, las llaves, el conjunto… todo listo. Condujo despacio, saboreando la anticipación de la venganza perfecta.
Se dirigió al apartamento que tenían para alquiler de verano; quería dejarlo todo listo, incluso el vino blanco enfriando en la nevera. Todo preparado para la cita. Inquieta en la planificación el corazón le latía con fuerza, las manos le sudaban, y un cosquilleo de triunfo le recorría la espalda. Subió las escaleras con paso decidido, abrió la puerta… y se detuvo en seco.
Allí estaban los dos: su marido, relajado, con la sonrisa pícara de siempre... y a su lado, su compañero de trabajo... Los dos tumbados en el sofá, sin ropa, abrazados piel con piel. Solo la tenue luz de la lámpara rompía la magia de la oscuridad....
Se quedó un segundo, sin poder decir nada. Y luego rió. Una risa huérfana, amarga, cargada de ironía y de un placer tan inútil como inesperado: la venganza ya no dependía de ella. Al parecer, alguien más había escrito el guión, y el universo tenía un sentido del humor exquisitamente retorcido.
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