DEUDA
Cada día, siempre en primavera, acudía al lago y me quedaba mirando hacia él mientras le arrojaba las primeras flores que iban apareciendo por el prado.
Así fuimos tejiendo nuestra amistad. Con largas jornadas de secretos y misterios, en los que yo le hablaba y él recibía el pago por sus consejos.
Jornadas y jornadas. Siempre iguales. El siempre me acompañaba y yo siempre le regalaba aquellas coronas floridas que solía crear, sentada en la orilla, con los tallos de las margaritas.
Pero llevo unos días con una extraña sensación. Miro mis flores marchitas y comprendo que lo que el lago me pide ahora no es color ni aroma… sino algo que me pertenece, algo que no estoy segura de querer entregarle.
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