ADIOS PAPÁ
El sobre llegó sin remitente y con el nombre escrito a mano, torcido, quebrado, como si a quien lo firmó le temblara el pulso o la responsabilidad.
Nadie lo abrimos durante horas.
Permaneció sobre la mesa del comedor, junto al frutero de plata y las llaves de casa, mezclado con lo cotidiano.
Todos lo observamos con profunda inquietud, sabedores de lo que implicaba.
Cuando leímos la nota no hubo gritos, ni lamentos, ni bruscos aspavientos.
Solo una cifra y un plazo. Todo estaba lo suficientemente claro.
Nos miramos. Hablamos poco.
Comentamos lo imprescindible. Alguien mencionó que no había garantías. Nadie pronunció la palabra “matar”. Y todos estuvimos de acuerdo
Creo que fui yo quien dobló la hoja y la devolvió al sobre.
Lo guardé en el cajón donde siempre estuvo el dinero de casa.
Papá siempre dijo que el dinero había que cuidarlo... que no debíamos perder la costumbre de conservarlo.
Aquella tarde le dijimos adiós a papá.
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