EL FARO
El faro siempre está encendido. Siempre. Su luz es una referencia. La última oportunidad. El destino final.
No alumbra para guiar a los barcos: nadie navega ya por aquellas aguas.
Su luz giratoria señala las ventanas del pueblo, recordándonos que existe una escalera oxidada que desciende hasta la base, donde se suceden puertas metálicas numeradas que asoman a los altivos acantilados.
Cada persona que abre una puerta lleva su propia promesa grabada hiriéndole en el alma: un desamor imposible de olvidar, la soledad infinita, la penuria económica, la sinrazón...
Por eso soportamos jefes tiranos, rutinas huecas, cuerpos que duelen y sueños rotos. Porque, en cualquier momento, basta con bajar los escalones, elegir una puerta y cruzarla... y luego, sólo la noche.
El faro nunca deja de brillar.
No vaya a ser que alguien necesite lanzarse al acantilado.
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