VANIDAD

Habían pasado seis días... casi una semana de intenso trabajo... más del que estaba habituado... pero el resultado no era nada malo y eso le ponía de muy buen humor.
La vida estaba repleta de peces resplandecientes, de hermosos pájaros cantores, de valles ardientes y de elegantes montañas majestuosas. El catálogo de la creación era un éxito rotundo. Todo funcionaba con la habitual elegancia divina: los mares poderosos se enternecían para acariciar las orillas, los ríos cabalgaban plenos hasta rendirse a los océanos  y nadie discutía por un pedazo de tierra.

Y entonces, claro, quiso superarse.
Hagamos al hombre —se dijo.

Lo moldeó con cariño, con barro fino, con un mucho de vanidad, y le sopló dentro una chispa de inteligencia. “A mi imagen y semejanza”, pensó satisfecho.
Pero bastaron unas horas para que aquel barro animado empezara a hacer preguntas, reclamar derechos y, por supuesto, desobedecer.

Primero vino la manzana, luego la culpa, y pronto el hombre decidió que él también podía jugar a ser creador: creador de guerras, de fronteras, de religiones, de órdenes y estamentos… En menos de lo que dura un suspiro eterno, había convertido el paraíso en una sucursal del caos.

Dios, desconcertado, lo observaba todo desde arriba. Intentó advertirles, envió profetas, señales, incluso diluvios, pero ellos siempre encontraban la manera de seguir siendo "creadores"… con entusiasmo y profunda negligencia.

Al final, Dios comprendió que el problema no era la serpiente, ni el árbol, ni la libertad.
Era el parecido.
Había creado a su propia competencia.

Desde entonces, mira su obra los domingos —el día del descanso eterno— y llora amargamente su vanidoso error.
Porque crear al hombre fue, sin duda, una gran demostración de poder… …pero también el primer y más perfecto acto de soberbia.

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