MEJOR CALLARSE
Hoy me ha mirado raro mi jefe cuando le he dicho que tuviera cuidado al cerrar la puerta... que ella estaba saliendo en ese mismo momento.
Yo creo que era su abuela Alfonsina. Yo no tengo el placer de conocerla directamente. Pero creo que es Doña Alfonsina pues se parecía mucho a la mujer que está en el cuadro que corona su despacho y que representa a los abuelos del jefe, los creadores de la empresa.
—¿Quién es ella y dónde está? —me dijo, arqueando una ceja.
—La que acaba de cruzar el pasillo —insistí, señalando con disimulo.
Mi jefe suspiró profundamente y mientras se iba a la sala de Juntas me recomendó que me tomase unos días... que desde la muerte de mi madre no me veía del todo bien.
No sé porque me ha dicho eso. La misma expresión y las mismas tonterías que el vecino que también me miró mal cuando le hablé de la difunta de su esposa; igual que el del Banco y su suegro. Claro, deben pensar que soy una de esas histéricas que creen ver apariciones…
Bueno... pues tendré que aguantarme. A partir de ahora no pienso decir nada.
No pienso decirles que todos los días mamá viene a desayunar conmigo para comprobar que no me salto la ración de fruta diaria, ni que tomo café con la mujer de Tomás -aquella que el autobús se llevó por delante hace dos meses-, ni que comparto ascensor con el portero del edificio al que un infarto el mes pasado se lo llevó al cementerio, y mucho menos que discuto con los antiguos empleados ya fallecidos todas las decisiones sobre pedidos y proveedores de la empresa.
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