FATALISTA

 Supongamos que no fue el azar. Que el destino, verdaderamente, quiso que mi marido apareciese hoy aquí. De pronto. Que regresase de su viaje de negocios tres días antes de lo previsto.

Supongamos que tiene una difícil explicación lo de las bragas y el sujetador de encaje en el suelo del salón y aquellos calzoncillos negros sobre la alfombra roja que acompaña al aparador.

Supongamos incluso que los gemidos que ha escuchado desde el vestíbulo son míos y que sea cierto que estoy completamente desnuda y acalorada sobre el sofá nuevo de chemilla negro.

Pero de ahí a montar un circo sobre infidelidades y que los acontecimientos insisten en que debemos separarnos es una gran tontería.

 Mi marido siempre ha sido muy fatalista y supersticioso. 

Por eso, mientras tomamos un infusión de lavanda y melisa en la cocina, le insisto en que no se deje guiar por las suposiciones... que siempre son muy engañosas. 


 

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