QUEDARSE EN MI VIDA

 La conocí en el desván una tarde oscura de lluvia constante y monótona, cuando el polvo parecía nieve inmóvil y el techo bajo y antiguo obligaba a hablar en susurros. Fue el primer día que la vi. Yo había subido hasta allí en la búsqueda de unas antiguas fotografías de la familia.

Ella estaba como si siempre hubiera sido ese su lugar, sentada sobre un baúl antiguo, con un vestido claro que no encajaba con la penumbra. Estaba como estaba aquel abandonando perchero del que colgaban unos roídos abrigos; estaba como las viejas maletas marrones; estaba como las telarañas y el silencio. 

No me preguntó quién era... supongo que lo sabía pues me observó con delicadeza como se aprecia algo que se reconoce y se estima.

Hablamos poco. Me contó historias inconexas, recuerdos que no sabía si eran suyos o del lugar: veranos remotos, una casa llena de risas, un amor que no llegó a tiempo. Yo la escuchaba fascinado, consciente de la grandeza de los momentos intensos y sorprendentes. Cuando se levantó para irse, me rozó la mano, y sentí un frío extraño, limpio, casi amable.

Nunca volví a verla. Recuerdo que aquel otoño sube al desván, me perdí en la fraga que rodea la casa, intenté escuchar todos los silencios que la noche regalaba... pero todo fue inútil... nunca volví a verla. Aunque, en ocasiones, sentía muy viva su presencia.

Años después comprendí que no fui yo quien subió al desván aquella tarde, sino ella quien decidió bajar a vivir mi vida. Desde entonces en cada figura femenina, en cada rincón oculto, en cada tarde fría creo adivinar su presencia... y su sonrisa extraña y melancólica.

Comentarios

  1. Hermosiiisimo relato!!
    Gracias por regalarnos estos magníficos tesoros cada día.

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