MAL TRAGO

Hoy, como todas las mañanas, las prisas han hecho que solo crucemos unas palabras apresuradas y que apenas nos miremos. Las urgencias matinales son las que son y conforman nuestra relación familiar diaria.

Ahora, ya en el coche, los observo. El espejo retrovisor me devuelve las imágenes ausentes de mis hijos; ella, la adolescente, continua maquillándose usando usando el móvil para subir su cara mañanera a una de esas infinitas redes sociales que ocupan toda su vida; el universitario, más serio, cree que me engaña delante de la pantalla de su ordenador haciendo que repasa los apuntes pero sé que a estas horas ya está apostando en una de las múltiples aplicaciones de juego on-line que lo tienen enganchado. Y a mi lado, mi marido que repasa su agenda mientras hace anotaciones y llamadas para ni tan siquiera poder ofrecerme una mirada cómplice. 

Parados en el semáforo que está al comienzo de la avenida que nos acerca a la Facultad decido poner algo de música. Después tocará la parada en el Instituto, en la empresa de Juan y, finalmente, debería ser en mi trabajo. 

Ninguno se ha dado cuenta que, con nosotros, viajan en el maletero tres maletas que ayer metí  mientras todos dormían. Y en el bolsillo de mi abrigo un billete de avión, solo de ida, a Cabo Verde.

Vuelvo a mirarlos. En el fondo, los quiero. 

Por eso he decidido ahorrarles el mal trago de la despedida y sobre todo, el tener que explicarles, que he traspasado a mi cuenta particular todos los fondos de ahorro y el capital total obtenido de la venta de nuestra casa que la semana pasada realicé a una inmobiliaria extranjera...

 

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