LA CITA

Se levantó temprano, como siempre, y eligió la camisa azul que a ella tanto le gustaba. Se echó aquel perfume nuevo. Se puso los zapatos recién comprados. 
Repasó frente al espejo cada gesto, cada sonrisa ensayada, cada palabra que podía decirle.
Preparó café, puso flores frescas en la mesa, revisó el reloj, emocionado: nada fallaría.
Llegó al parque donde solían encontrarse y la vio sentada en el banco.

Ella, con la cara arrugada, el cabello gris, la mirada perdida y apoyada en un sólido bastón.

Él se acercó con cuidado, sonriendo, con el corazón inquieto.
—Hola… —dijo, intentando suavizar la emoción—, ¿me recuerdas?

Ella lo miró unos segundos, confundida, y negó con la cabeza.
—Perdón… ¿nos conocemos? —susurró, con una voz dulce pero distante.

Un silencio pesado cayó entre ellos. Él tragó la tristeza, otro día más, tratando de no quebrarse.
—No importa —dijo al fin, tomando asiento a su lado—. Solo quería volver a  verte.

Ella le sonrió débilmente, sin comprender del todo, y apoyó su mano en la de él.
En ese instante, aunque la memoria se precipitaba huyendo a un profundo vacío, persistía poderosa la infinita admiración que él le profesaba y que parecía querer rescatarla de la ausencia. 

¡La infinita admiración! 

Y él volvería mañana, elegantemente vestido, a su cita con la perfección... aunque solo se encontrase el gris olvido y el profundo silencio... pues también allí podía adivinarse la más selecta perfección.

 

 

 

 el afecto siguió vivo, silencioso, entre dos corazones que se reconocían sin palabras.

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