LA BUHARDILLA

Todas las tardes de aquel verano subíamos a la vieja buhardilla cuando el sol empezaba a rendirse. 

El aire estaba cargado de polvo y risas, y las maderas crujían incansablemente como si quisieran participar de nuestra animada tertulia. 

Nos sentábamos en el suelo, sobre aquellas mantas abandonadas que guardábamos en el viejo baúl oxidado y carcomido. Siempre llevábamos libros atrevidos que apenas leíamos pero que nos acercaban a ese aire bohemio en el que nos gustaba definirnos; y fingíamos gozar con Baudelaire, con Bukowshi, con Lorca o con Neruda. Asegurábamos entender de todo, discutir con solemnidad exagerada sobre versos ajenos y destinos imposibles.

Entre página y página hablábamos de las mujeres con torpeza y descaro, mezclando deseo y fanfarronería, creyéndonos adultos y creciendo en nuestro ego con el alimento de obscenidades que aún ni podíamos soñar. Bebíamos a escondidas lo que cada uno era capaz de ir sisando de sus casas, y lo que podíamos comprar en el Ultramarinos de la aldea, gozando en brindis infinitos solo por estar allí, juntos, intactos.

La tarde siempre se alargaba más de lo debido. A veces alguno se quedaba en silencio, mirando por la pequeña ventana, como si el mundo de abajo fuera otra historia que aún no tocaba vivir. Nadie tenía prisa. El estío parecía eterno, y nosotros también.

Este verano hemos vuelto a reunirnos cada tarde en esa misma buhardilla: pero ahora solo bebo yo... el mismo idiota que bebió tanto aquella noche en la que el coche se salió de la curva... 

Ahora solo bebo yo... lo continuo haciendo para intentar borrar la imagen de sus rostros ensangrentados y pálidos, esos rostros que me siguen acompañando en la oscura buhardilla.

Comentarios

Entradas populares