ÉL
Todos se reían cuando decía que él estaba ahí. Al principio intentaban darme la razón pero yo sabía que no lo veían, no lo podían distinguir. Luego simplemente optaron por decirme que no insistiera en afirmar lo que no existía.
Pero él está ahí. Me sigue. Nadie lo ve, pero él está siempre ahí: detrás de la puerta, bajo la cama, en el reflejo de los cristales.
Tiene ojos demasiado vigilantes y una profunda sonrisa extraña y misteriosa.
Me susurra cosas que no debería saber: secretos de los vecinos, rumores que nunca he oído, sombras que se mueven cuando nadie está, chismes vergonzosos de los compañeros del aula... y, sobre todo, me anticipa sucesos que luego siempre van a acontecer.
A veces, entre escalofríos, siento su mano sobre la mía, guiándome hacia lugares vacíos donde nadie más podría entrar. Los otros niños no comprenden, los adultos me ignoran, y yo me pregunto si él existe para enseñarme… o para vigilarme.
Sólo sé que cada noche, cuando cierro los ojos, él me espera, y advierto, cada vez más temeroso, que lo que aprendo a su lado no es un juego.
Porque él no es mi amigo… y yo tampoco estoy seguro de que quiera serlo.
Comentarios
Publicar un comentario