TEDIO DIVINO

 Hace días que la tengo olvidada, arrinconada en una esquina, como si ya no fuera mía.

Hubo un tiempo, al principio, en que me esmeré en cuidarla. La pinté de un azul intenso y dibujé en ella hermosas estampas. La llené de personajes, convencido de que el simple hecho de existir bastaría para mantenerme atento. 

Pero ahora, debo reconocerlo, me olvido de ella con demasiada facilidad.

Ya no me resulta tan divertido agitarla y ver cómo las cosas se deshacen y caen, ni soplar con fuerza para moverlo todo de un lado a otro hasta el desorden, ni siquiera mojarla hasta dejarla encharcada. A veces, para combatir el tedio, golpeo alguna parte o quemo otra, sin demasiado cuidado ni atención.

Y, sin embargo, siempre ocurre lo mismo.

Me sigue sorprendiendo muchísimo la extraña capacidad de esos seres diminutos para recomponerlo todo después de cada sacudida, como si ignoraran que lo que más me asombra no es su fragilidad, sino que sigan llamando Naturaleza a lo que es simplemente mi maldito aburrimiento divino.

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