CAOS BURÓCRATICO
Me enterraron un martes, un día bastante práctico para morirse.
Recuerdo escucharlos a todos, especialmente a aquel anciano sacerdote, repetir incesantemente que la muerte me traería el descanso... pero juro que nadie mencionó nada del papeleo.
Así, apenas salí del exagerado ataúd y del nicho húmedo, un funcionario espectral me pidió firmar un formulario de reincorporación a la existencia. Según él, había un error administrativo: yo aún no había terminado mi “cuota de vida”.
Atónito, no daba crédito a tal descontrol burocrático del más allá.
El problema es que el jueves ya estaba de vuelta, con la espalda rígida, la mente medio rota y un apetito extraño por las cosas que aún se mueven.
Nadie se alegró de verme.
Mi familia y mis amigos evitan mirarme a los ojos y el médico sugirió que no mencionara mi estado en público, “por higiene social”.
Y así camino por la ciudad -con una ligera sensación de descomposición y un hambre que no se calma con comida normal- mientras la gente me mira muy raro y es que supongo que no todos los días se cruza uno con alguien que ya pasó por su propio entierro.
Y en el transitar además de buscar exquisitas entrañas y vísceras frescas también requiero respuestas o al menos algo que justifique este regreso tan mal organizado.
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