LA SORPRESA DEL ROSCÓN

Nadie se ocupó demasiado de ellos mientras vivían. Siempre hay asuntos más importantes que el amor debido a los ancianos. 

El matrimonio envejeció en silencio, rodeado de llamadas que no llegaban y visitas prometidas para las que nunca había tiempo.

Él murió primero y, con su habitual mueca de humor, dejó escrito que su herencia más valiosa —una preciada sortija de diamantes— estaría escondida en el roscón de Reyes. 

Y la noticia obró el milagro: hijos, nietos, cuñados y sobrinos se reunieron puntuales, sonrientes y expectantes aquella mañana de enero alrededor de la mesa acompañando a la abuela.

El cuchillo pasó de mano en mano con nerviosismo, pero el destino quiso que la porción afortunada fuera para la anciana, viuda reciente, frágil y siempre invisible. Nadie protestó. 

Ella mordió despacio… y de pronto tosió. Tosió con fuerza. Pareció que se ahogaba. Todos se alteraron. Pero ella, con prestancia, tragó saliva, bebió un poco de agua y siguió comiendo. 

El silencio fue inmediato. Las miradas se clavaron en su vientre como si fuera una caja fuerte viva. 

Nadie se atrevió a preguntar nada, pero todos entendieron donde estaba ahora la valiosa sortija que tanta atención demandaba.

Desde ese momento, nunca estuvieron tan pendientes de la abuela: la acompañan, la ayudan a sentarse, le ofrecen infusiones “digestivas” y sonríen con una ternura insospechada. 

Y, por primera vez en años, todos rezan por un cuidado tránsito intestinal de la viuda… y por que no dure demasiado.

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