DOMESTICADOS

Releo el formulario antes de entregarlo y me sorprende lo fácil que resulta marcar la casilla correcta. 

Hubo un tiempo en que siempre encontraba un motivo para discutir: una hora impuesta, una camisa elegida por otro, una orden sin justificar. Alzaba la voz, daba portazos, hacia aspavientos.

Con los años he aprendido a asentir. A escoger entre opciones ya decididas. A agradecer que alguien explicara el procedimiento. 

Cambié las huidas por rutinas y los gritos por silencios eficaces. 

Supongo que eso debe ser domesticarse.

Firmo, doblo el papel y lo guardo en la carpeta azul que llevo conmigo. 

El empleado sonríe. Yo también.

Al salir, el cristal de la oficina me devuelve una imagen conocida: no es mi rostro lo que reconozco, es la carpeta azul de gomas, idéntica a la que llevaba mi padre el día que lo acompañé a firmar el finiquito en su empresa de siempre... el día en el que comenzó a aceptar que ya sobraba en la vida.


Comentarios

Publicar un comentario

Entradas populares