MILES DE AUSENCIAS
Fue rápido. Inesperado. La parca no suele avisar.
En el dormitorio de aquel tercer piso, una mujer cerró un cajón sin saber qué hacer ahora con las camisas de su marido.
Ana, paseando angustiada por el parque, se preguntaba como decirle a su hermana que papá no volvería.
En el bar, una silla quedó vacía y nadie se atrevió aquel día a ocuparla: allí se sentaba aquel hombre que escuchaba más de lo que hablaba.
En la oficina, un correo automático devolvió el silencio y algunos se miraron, mientras un compañero pensó -con una extraña culpa- que el lunes sería más sencillo.
Un viejo amigo respiró aliviado al saber que aquel al que había comenzado a odiar ya no se cruzaría en su camino y ese alivio le aportó un profundo y oscuro vacío.
Aquel gran amor, alma gemela, guardó una nota y un poema que nunca acabó de escribirse en la piel.
Todos perdieron aquel día algo distinto, muy distinto.
Y, sin embargo, al caer la noche, a todos les faltaba exactamente la misma persona.
Comentarios
Publicar un comentario