SIEMPRE FUE ASÍ

Hoy es el entierro de Javier.

Todo en la iglesia respira a drama, con estertores tenues que temen romper el silencio obligado. La luz penetra cansada por las vidrieras y se posa sobre el polvo que flota, suspendido, igual que los recuerdos que nadie se atreve a nombrar. La madera de los bancos cruje cuando los cuerpos se acomodan. Poco a poco los pasillos van llenando de vivos el lugar que preside la muerte. 

El ataúd descansa en el centro, humilde y definitivo. A su alrededor, las flores intentan decir lo que las bocas callan. Huele a cera derretida y a madera antigua, a tiempo detenido. El sacerdote habla, pero su voz parece venir de muy lejos, como si atravesara años y vacíos imposibles de llenar. Hay palabras que se pierden; otras se clavan.

Se muestran manos entrelazadas, miradas bajas, respiraciones contenidas. Alguien llora en silencio, con un temblor apenas perceptible; otro fija los ojos en el altar buscando una respuesta que no llega. La campana suena una vez, grave, y el eco recorre la nave como un adiós que se resiste a desaparecer.

Cuando todo termina, nadie se levanta de inmediato. La muerte ha pasado por allí y ha dejado su huella: un hueco exacto, del tamaño de una vida. Y al salir, bajo el cielo que sigue igual, cada uno comprende que el mundo no se ha detenido… pero algo, para siempre, ha cambiado.

Para todos... menos para Javier. Él siempre fue así. De imaginarse todo a lo grande.  Como su entierro.

Y mientras todos derrochamos solemnidad, él está en algún local del Caribe, pidiendo un cóctel con sombrilla y disfrutando del seguro que había arreglado unas semanas antes de su extraña desaparición en aquel pavoroso incendio donde solo apareció un irreconocible cadáver.  

Comentarios

Entradas populares