SIN MOTIVO

Empiezo a escribir la carta. Supongo que es eso lo que debo hacer.

Supongo muchas cosas, demasiadas, pero no entiendo como explicarlo, como decirlo para no hacer daño. No quiero que nadie se sienta molesto. No quiero ser una mala persona. No quiero que nadie sea culpable. O sí?

¿Cómo puedo explicarlo, entonces?

Lo de la botella de agua abierta en la mochila no era tan importante. Ni las pintadas en la mesa insultándome. Ni las fotos que se colgaron en la web donde la inteligencia artificial me mostraba desnuda. Ni que me llamasen loca y tarada. Ni que dejasen de invitarme a los cumpleaños. Ni que todos los días me robasen la merienda. Ni los golpes, ni los escupitajos, ni los motes, ni las risas continuas...

Ni mamá desesperada consolándome en su profunda angustia y papá, embrutecido, amenazando a los profesores del instituto acusándolos de pasividad.

Ni tan siquiera que la psicóloga afirmase que debo trabajar mucho más en aumentar mi resiliencia. 

Pero no soy feliz así.  Por eso solo decido escribir que no me encuentro bien. Que veo otras realidades. Que estoy loca.

Termino la carta y la firmo. La dejo en la mesa de la habitación antes de subir a la azotea.

Ahora sí... con tranquilidad... todos podrán decir que no tenía ningún motivo relevante para hacer lo que hice y que era imposible que lo vieran venir.

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