DECEPCIÓN
Ella se lo había prometido. Le había prometido que le leería toda la vida.
Y él comenzó a escribir aquel blog durante un año entero con una disciplina casi religiosa. Cada madrugada publicaba una entrada breve, como quien deja una nota en el parabrisas de un coche que nunca ve arrancar.
Lo hacía solo para ella: para su forma de leer entre líneas, para los silencios que imaginaba al otro lado de la pantalla.
Al principio hubo comentarios, después solo visitas anónimas, al final nada.
Siguió escribiendo unas semanas más, por inercia, hasta que cerró el blog sin despedidas.
Ahora escribe en un sótano gris y húmedo, bajo una bombilla desnuda.
Lee en voz alta, despacio, cuidando cada frase igual que antes.
Frente a él, sentada en una silla metálica, una mujer lo escucha.
Lleva las manos unidas por recios grilletes que la encadenan a una silla. No grita, no interrumpe... tan solo llora y, en ocasiones, inclina levemente la cabeza.
Cuando termina el texto, levanta la vista y sonríe, aliviado al comprobar que, por fin, ella no puede dejar de leerlo.
Me encanta
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