UNA BUENA VENTA

Quince años en corsetería. Pocos tan profesionales como yo. 

Sé distinguir perfectamente cuando ese cliente va a dejarse un buen puñado de dinero.

Y estaba claro cuando lo vi. A primera vista ya lo seleccioné. 

Se mostraba algo confuso e inquieto, pero supe -enseguida- que era una pieza fácil. 

Le trasladé confianza. Solos dos cuestiones básicas... simplemente para alimentarle un clima de confianza. En cuanto comprendió que podía sincerarse no dejó de hablar.

Dijo que era su primer aniversario. Que la había conocido en un evento de su empresa. Que ella estaba en proceso de separación. Que se amaban con locura. Que la había hecho recobrar la ilusión. Y que quería regalarle algo muy íntimo y hermoso para recordarle que era muy especial.

Aquel conjunto de ropa interior con el camisón de satén a juego fue el elegido. Añadí aquellos comentarios de especialista como  "con este tipo de sujetador no tendrá excusa para llevar escotes pronunciados y mostrar su lado más atrevido" y aquella sentencia que era todo un slogan de mi mejor faceta de vendedor: "siempre es mejor pedir perdón que permiso".

Nos despedimos después de la venta con una amplia sonrisa y la satisfacción del trabajo bien hecho.

Ahora, después de una semana, observo mi cara ante el espejo del cuarto de baño y quiero pensar que todo es una mera coincidencia. 

Me repito incesantemente que es una pura coincidencia que el sábado mi mujer tuviese una cena de la oficina, que pasó toda la noche fuera, y que hoy haya aparecido en su cajón un conjunto de lencería igual al que yo vendí... Tiene que ser una coincidencia. 

 

 


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