MALA SALUD
Cuando todos dejaron de llamar, empecé a bajar al bar y reservar dos cafés. Uno se enfriaba siempre. El otro me lo bebía despacio, como si alguien estuviera a punto de llegar tarde.
Inventé mis obligadas rutinas diarias: un vecino al que saludar desde el balcón, una voz que discutía conmigo los titulares del periódico, una risa que me corregía las jugadas del dominó.
Funcionaba... o, al menos, a mí me parecía.
Hoy estoy en la consulta del médico.
Y el muy idiota me sigue preguntando la razón de mi angustia... e insiste en enseñarme los análisis y decirme que todos los parámetros son perfectos... que para mi avanzada edad estoy como un roble.
Y yo solo le repito que gano todas las partidas del puto dominó, al que nunca me gustó jugar, y además nadie me discute nada. Que ya no me queda nadie... que han tenido la mala idea de irse.
Y añado: "Créame... eso no es señal de buena salud".
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