EL DESCAMPADO

El descampado de las afueras comenzaba justo donde acababan las farolas de la ciudad. Nadie sabía quién había puesto la valla ni la razón de su existencia, pero estaba torcida, oxidada y siempre abierta, como un símbolo que indicaba una advertencia. Decían que allí no había nada, solo abandono, suciedad y miseria... y acaso por eso íbamos.

Después de clase, cuando la noche de invierno llegaba antes para dominar a la tarde moribunda, cruzábamos en grupo. Siempre fingiendo valentía. 

El reto mudaba cada semana: subirse el viejo remolque desconchado, contar hasta cincuenta sin linterna, avanzar hasta que el silencio pesara demasiado. 

No era el lugar lo que asustaba, sino la sensación de que algo etéreo estaba aprendiendo nuestros nombres.

Aquella tarde le tocó a Mateo. Entró silbando, exagerando el paso, burlándose de nosotros, girando la cabeza con una exagerada sonrisa. 

La oscuridad se lo fue tragando poco a poco, como una broma lenta. 

Esperamos su vuelta, un grito asustadizo, cualquier señal del reto cumplido.

Al final, alguien encontró su silbato, aún caliente, colgado de la valla.

El descampado ya no existe... La valla tampoco... y Mateo aun no ha regresado.

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