UVAS PARA TRES

La culpa fue mía. Llevaba dos años sola y triste. 

Paco había muerto de forma inesperada y Andrés, nuestro hijo, se había marchado con una beca de la Unión Europea a participar en un programa de desarrollo en el África Occidental.

No era capaz de llenar el vacío. Por eso, cuando regresó mi hijo, no dudé en decirle que se viniese a casa a vivir. 

Alegué, como argumentos irrefutables, que se ahorraría mucho dinero; que la vivienda era grande para que él hiciese su vida; que yo podría encargarme de todas las tareas de limpieza y manutención.

Él me contestó que había vuelto con novia. Una chica de Burkina Faso. 

Me explicó que era una santera orisha y que se dedicaba a transmitir su inspiración para liberar los espíritus

Le aseguré que eso no era impedimento. Que tendrían su libertad y su independencia. Que todo sería sencillo.

Y ahora aquí estamos. Noche de Fin de Año y yo cocinando para veinte. 

Pero no me puedo quejar.

 La culpa fue mía. 

Tanto insistir… que esta noche los fantasmas de todos mis conocidos cenan como si fuera un buffet libre. Mi difunta madre se queja del puré, la abuela Enriqueta sigue agarrada al orujo, Paco insiste en que quiere repetir cordero y el desaparecido tío Julio no para de descorchar botellas de Cava... 

El problema es que solo compré uvas para tres....

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