EDUCACIÓN

Suelo ser muy educado. Me niego a cruzar esa frontera. Hay límites en la vida que nunca debemos traspasar. 

Hablo lo justo. No alzo nunca la voz. Mantengo siempre un tono amable y correcto. 

Decía mi madre que la cortesía, hasta en el infierno, te allana el camino.

Por eso, en este negocio, hago insignia de la prudencia y la decencia. 

Permito que discutan, que se equivoquen, que crean que existe margen. 

La amenaza explícita es vulgar; el silencio prolongado es mucho más eficaz. Cuando alguien falla, no lo corrijo: lo observo. El miedo ya hará el resto.

Esta noche estamos en una nave vacía y solitaria. El cargamento está mal contado. Nadie discute. Le pido que se siente. Le explico el error con calma, como si fuera una contabilidad doméstica. Asiente, sudando. Antes de irme, le deseo buenas noches.

Cuando la puerta se cierra, el eco del disparo no me sorprende. 

Lo único que me inquieta es que, durante un segundo, él también creyó -como los demás- que podría salvarse. 

¡Y es qué esa maldita manía de confundir la educación con la eficacia está haciendo mucho daño!

 

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