LA COSTUMBRE DE OLVIDAR

Desde febrero el calendario avanzaba sin resistencia, arrancando hojas como si nadie fuera a reclamarlas. Había aprendido a marcar los días por el sonido del ascensor y por la luz que entraba oblicua a las seis de la tarde. Cada jornada repetía el mismo gesto: regar las plantas, ordenar los libros, preparar una taza de té que siempre se enfriaba antes de terminarla.

Descubrí que la memoria también se puede entrenar. Basta con insistir en ciertos recuerdos y dejar que otros se sequen, como raíces sin agua. Así, poco a poco, el pasado se volvía manejable, casi decorativo.

Esa tarde llamaron a la puerta. Un repartidor preguntó por alguien que ya no vivía allí. Sonreí, negué con la cabeza y cerré despacio.

En la cocina, el té seguía intacto. Y en el congelador aun se podían adivinar los cuatro últimos paquetes que contienen lo que queda de papá. Mañana tendría que ir a otro contenedor.

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