ESPERANDO
“Nos observarán hasta el final”, decía la voz aguda de aquel comentarista gris que apenas llenaba la pantalla de la televisión.
Que el ministro anunciara que por fin habían logrado comunicarse con las luces gigantes que flotaban sobre las ciudades desde hacía varios meses me daba igual: era jueves y había quedado con Clara.
Me rocié con el desodorante barato de mi hermano y me até una bufanda que olía a naftalina del armario de la abuela. Desde hacía días nadie en casa me hacía el menor caso; estaban pegados a la ventana esperando que algo bajara del cielo. No escucharon que me despedía de ellos. Últimamente todo el mundo está absorto con esas luces y los extraños símbolos que parecen dibujarse sobre el cielo.
Las calles estaban desiertas, con ese vacío tenue que impone la angustia y el miedo.
Crucé por el jardín abandonado, donde la hiedra desbocada y la hierba hambrienta habían conquistado el espacio sin doma que las cercenase. Al fondo, en un parterre, observé algunas flores a punto de marchitar. Las cogí sin pensar. Formaban un buen ramo. Y seguro que le gustaría.
Cuando entré en la biblioteca donde quedábamos todos los jueves, el espacio -ahora abandonado y en exceso silencioso- pareció tragarme.
Al fondo pude divisar a Clara que estaba sentada de espaldas, con un libro abierto sobre las piernas. La llamé.
Giró lentamente la cabeza.
No tenía ojos.
Y lo peor no fue su rostro vacío, sino que siguió sonriendo, como si hubiera estado esperándome desde mucho antes de que aquello llegara del cielo.
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