LO QUE ME PIDAS
Desde pequeña aprendió a escuchar hablar a la tierra.
No con los oídos, sino con las plantas de los pies. Había zonas del huerto que devolvían el peso como un suspiro, otras lo retenían con una paciencia casi humana. Allí sembraba. Allí esperaba.
El terreno le daba señales: una grieta nueva, una humedad inesperada, un calor que subía de noche. Ella respondía cambiando el cultivo, desviando el agua, retirando piedras. Ella aprendió a darle a la tierra lo que le pedía
Con los años, el huerto empezó a exigir más. Las semillas no bastaban. Tampoco el abono ni las horas de trabajo. La tierra se hundía levemente cada temporada, como si estuviera aprendiendo a tragar.
Hoy ha dejado la azada apoyada en la valla. Se ha quitado los zapatos. El suelo, por primera vez, no pide cuidados.Pide peso.
Ella lo entiende. Por eso desde hace varios días habla mucho más con esa nueva pareja vecina que se ha mudado a la casa de al lado. Será mañana cuando los invite a comer... y después, quizás, ya los pueda enterrar en el jardín.
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