AJUSTÁNDOSE A LA VIDA
Desde que el reloj de mi casa decidió ir más despacio todo empezó a desajustarse. No era un fallo mecánico: simplemente tomó la decisión de detenerse a contemplar las cosas importantes, como el polvo flotando o el sonido grave del edificio al respirar en las noches de luna.
Me lo explicó, lo razonó... y lo entendí.
Y yo me adapté. Como alguien civilizado y dócil. Lo comprendí.
Llegaba tarde, hablaba más lento, pensaba a destiempo.
En el trabajo lo achacaron a mi falta de disciplina... dicen que me estoy volviendo negligente y descuidado.
Pero no saben que en mi pasillo crece un atardecer permanente que hay que atravesar con cuidado pues la niebla te impide ver la cumbre de las montañas y los picos más afilados, ni que el sofá se llena de mareas grandes los miércoles por la tarde con miles de peces de distinto tamaño y que eso obliga a esperar, de pie en la alfombra, a que baje la espuma y se retire todo el agua.
Podría explicarlo todo... claro que podría.
Pero hay verdades que por obvias no se cuentan porque exigen quedarse a vivir en ellas, entenderlas, aceptarlas... y noto que casi nadie está dispuesto a hacerlo.
Comentarios
Publicar un comentario