EL RITUAL
Supongo que algunos hábitos se heredan sin querer.
Mi padre bajaba al sótano cada noche a la misma hora y yo aprendí a seguirlo sin hacer ruido, contando los escalones como quien musita las cuentas de un rosario. Allí abajo el aire era más frío y las bombillas desnudas apenas alumbraban aunque semejasen ojos vigilantes.
Nunca hablábamos de lo que había detrás de la puerta del fondo. Simplemente dejábamos la comida y recogíamos los platos usados. Él me enseñó a cerrar bien el cerrojo, a no mirar demasiado tiempo, a escuchar la respiración antes de irnos.
“Es por nuestro bien”, decía, y yo asentía, porque en el sótano uno lo primero que aprende es a no preguntar.
Ahora soy yo quien baja con mi hijo, quien le enseña el ritual, quien le explica que el secreto se comparte porque pesa menos entre dos.
Será él quien aprenda a bajar con su hijo algún día… y yo aprenderé a esperar todos los días por la comida, solo y encerrado, sin que nadie olvide su lugar en el ritual...
Y es que hay hábitos que se heredan sin querer.
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