Fue mirarme y prometerme.
O al menos eso entendí en sus ojos que viajaban atados a mi cara.
Prometió enseñarme a respirar en otros idiomas.
Y me gustó la idea: siempre quise aprender a decir “hogar” a través de gestos.
Al principio eran juegos: nombraba los objetos y obedecían, la lámpara se inclinaba, el reloj olvidaba la hora, la cafetera simulaba un tranvía viajando a lugares maravillosos.
Luego nos trasladamos a una casa de campo simplemente para que las palabras tuvieran espacio para pastar y sentir y alimentarse y jugar y respirar aire puro.
Con el tiempo, las noches también pasaron a ser mágicas.
El porche crecía a la luz de la luna llena para acoger seres fantásticos.
Yo reía, siempre reía, incluso cuando lloraba, convencida de que el amor hace trucos de feria.
Pero un viernes -siempre un viernes-, al mirarme al espejo, noté que mis cejas puntuaban frases que no había dicho.
Y mi piel, de tanto escuchar poesía, se volvió una infinita metáfora.
Ahora la casa conversa sola.
Las plantas escriben versos.
El gato conjuga verbos imposibles.
Y yo ya no pregunto nada: cuando él calla, el mundo entiende.
Y cuando me besa... cuando me besa... sus labios cambian el significado de todas las cosas mientras escucho a la brisa susurrar "mi niña"...
Precioso
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